Artículo: «La sexualidad puede aprenderse y cultivarse» por Constanza Bartolucci

El deseo y el desarrollo de la sexualidad requieren tiempo, espacio y práctica, lo cual no necesariamente es “anti-erótico” sino todo lo contrario.

Estas reflexiones surgen de ver a muchas personas problematizar su deseo u otros aspectos de su sexualidad, lo que a menudo tiene que ver con el desconocimiento, con la dificultad de dedicar tiempo a nuestra sexualidad y con expectativas irreales, lo cual puede generar un gran sufrimiento y malestar.

Nos han enseñado que en el sexo todo debería «fluir». Que el deseo aparece de manera espontánea y que, si no surge «naturalmente», algo anda mal. A veces, incluso, eso nos lleva a cuestionar nuestras relaciones de pareja, nuestra propia capacidad erótica o habilidades, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad: «Nos llevamos bien, pero si no tengo deseo, ¿será que no es la persona para mí?», «Creo que tengo un problema de eyaculación», «Tal vez hay algo malo en mí», «Soy yo la que tiene un problema» u otras dudas similares.

Sin embargo, pocas veces se nos dice algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más importante: que la sexualidad y el deseo necesitan tiempo. Que, en ciertos contextos y para muchas personas, resulta muy difícil que el deseo aparezca espontáneamente. Y que desarrollar la sexualidad y las habilidades eróticas suele requerir espacio, atención, intención, motivación y práctica.

¿A qué me refiero con esto?

Muchas personas cuestionan su respuesta sexual (experiencia sexual) o sus habilidades eróticas pensando que tienen un problema: de eyaculación, de orgasmo o de erección, por ejemplo. O incluso pensando que podrían tener un problema anatómico (en su cuerpo). Pero al mismo tiempo, nunca han dedicado tiempo a explorar su sexualidad, a descubrir qué estímulos disfrutan o cómo responde su cuerpo en una experiencia erótica. Muchas de estas personas tampoco han recibido educación sexual. Es decir, en materia de sexualidad, no han tenido ni la teoría ni la práctica. Y aun así, se perciben como sexualmente inhábiles, inexpertas o incluso «disfuncionales» y/o «anormales», según sus propias palabras.

Lo curioso es que, en casi todos los demás ámbitos de la vida, entendemos perfectamente que aprender algo requiere tiempo, un proceso y dedicación. Más aún cuando se trata de algo importante para nosotros. Nadie esperaría tocar el piano de forma extraordinaria sin haberlo practicado nunca. Sin embargo, en la sexualidad, muchas veces esperamos justamente eso: que todo salga «bien», de manera «espontánea», sin aprendizaje, sin ensayo, sin siquiera habernos preguntado ni explorado quiénes somos sexualmente. Y cuando eso no ocurre, en lugar de pensar que quizá falta experiencia, espacio y/o conocimiento, tendemos a concluir que hay algo defectuoso en nosotros.

Además, para darle un lugar a la sexualidad, primero necesitamos reconocer que ese espacio es necesario. Es decir, reconocer que la sexualidad y el placer son importantes para mí y para mi bienestar. Y luego, priorizarlo. Eso no siempre es fácil. Hay momentos vitales, contextos personales, exigencias laborales, maternidades o paternidades, otras responsabilidades, estrés, cansancio, enfermedades, conflictos vinculares o dificultades emocionales que pueden alejar a una persona de su sexualidad o interferir en ella. A veces no han sido escenarios tan desafiantes; simplemente hemos dedicado tiempo a otras cosas que nos han hecho sentir bien y nos han brindado más retroalimentación que la sexualidad en ese momento, como los estudios, nuestro desarrollo profesional, etc. Aun así, seguimos problematizando el hecho de que el deseo no «surja» por sí solo y miramos con sospecha cualquier intento de planificar, cuidar o desarrollar ese aspecto de la vida. Por eso aquí es clave poder contextualizar esas dificultades y permitir un espacio cuidado para poder comenzar a explorar nuestra sexualidad.

Para algunas personas, disfrutar de la sexualidad implica conocernos. Conocernos como personas, conocer el momento vital en el que estamos, entender nuestras reacciones y, también, descubrir quiénes somos sexualmente. Eso incluye preguntarnos y explorar qué nos produce placer, qué no, cómo reacciona nuestro cuerpo, qué interfiere con nuestra sexualidad, qué nos ayuda a conectar con ella y de qué manera nos gusta compartirla. Es cierto que estas son preguntas difíciles de abordar cuando tenemos la percepción de un problema: creemos que no somos buenos en eso o pensamos que tenemos un problema sexual o una disfunción.

En ese sentido, la sexualidad no solo necesita deseo: también necesita presencia. Necesita un espacio en la vida cotidiana. Necesita ser recordada, pensada, hablada y habitada. Porque muchas veces el placer no aparece simplemente como algo que llega, sino como algo que también se cultiva y se desarrolla.

Desarrollar la sexualidad, entonces, no es esperar pasivamente a que «nos venga a buscar». Es construir un vínculo con ella. Darle tiempo. Darle espacio y ejercicio; o incluso, a veces, reconocer que en este momento puede ser más desafiante, y que eso también está bien. Adaptarme.

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