No es fácil encontrar material que aborde el erotismo y el deseo desde una mirada amplia, reflexiva y no patologizante. Todo lo contrario: Muchas veces la información que encontramos sigue siendo rígida, conservadora, centrada en lo coitocéntrico o atravesada por juicios morales que limitan más de lo que ayudan a explorar la propia sexualidad.
Y eso es un problema importante. Porque el erotismo, lejos de ser algo que deba restringirse, puede ser una de las experiencias más ricas, creativas y vitales de la vida. Basta explorar su relación con el placer y la salud sexual para comprender su importancia (si quieres profundizar más sobre esto, revisa la “Declaración sobre el placer sexual” de la Asociación Mundial para la Salud Sexual). Pero claro, también está la posibilidad de que no desarrollemos una conexión saludable con nuestro erotismo, y esto tiene directa relación con algo que históricamente nos ha faltado: una Educación Sexual Integral (ESI), crítica y situada. Por esto, este artículo busca justamente ayudar a dar un pasito para avanzar en este gran pendiente.
Partamos entonces por ¿Qué es el erotismo (y qué no es)?
El erotismo no es lo mismo que el deseo sexual ni que la excitación. Aunque suelen aparecer juntos, se trata de experiencias distintas que conviene diferenciar para entender mejor cómo funciona nuestra vivencia sexual.
La excitación sexual es la activación del cuerpo frente a estímulos sexuales o eróticos. Puede incluir respuestas como la erección, la lubricación, el aumento del ritmo cardíaco o una mayor sensibilidad corporal. Sin embargo, no es solo algo visible o fisiológico. La excitación también es una experiencia subjetiva e interna: puede sentirse como calor, tensión, cosquilleo, energía o simplemente una sensación de activación, incluso cuando no hay señales corporales evidentes.
Un punto clave es que la excitación no siempre coincide con lo que una persona desea o disfruta. Es posible que el cuerpo responda sin que exista un interés real, así como también puede haber deseo sin que el cuerpo se active de inmediato. Por eso, la excitación por sí sola no alcanza para entender lo que está pasando en la experiencia sexual.
Por su parte, el deseo sexual se refiere al interés, la motivación o la disposición hacia lo erótico. Es ese motor que orienta hacia el encuentro, la fantasía o la búsqueda de placer. Sin embargo, el deseo no es siempre espontáneo ni constante. Puede aparecer como un impulso más inmediato (lo que muchas veces se experimenta como “ganas”), pero también puede surgir en respuesta a un contexto o estímulo, por ejemplo cuando alguien se siente atraído, seducido o emocionalmente conectado. A esto se le suele llamar deseo reactivo.
Además, el deseo no es solo corporal, también puede ser más mental o simbólico, ligado a la curiosidad, a la imaginación o al vínculo con otra persona. Y está profundamente influido por múltiples factores: el estado emocional, el nivel de estrés o cansancio, la calidad del vínculo, la historia personal, las experiencias previas, las creencias, la cultura y los aprendizajes, entre otros. Por eso, más que algo fijo, el deseo es dinámico, contextual y sensible a lo que está ocurriendo en la vida de cada persona.
El erotismo, en cambio, es una experiencia más amplia y compleja. Es una vivencia subjetiva, dinámica y multisentida que surge cuando se conectan el cuerpo, la imaginación, el deseo, las emociones y los significados personales. No se limita al acto sexual ni a la genitalidad. Puede estar en una mirada, en una conversación, en una fantasía, en una atmósfera, en un recuerdo o en un gesto.
En ese sentido, el erotismo es una forma de habitar el placer. No está en las cosas en sí mismas, sino en la relación que construimos con ellas. Por eso, lo que resulta erótico para una persona puede no tener ningún efecto en otra.
Y aquí aparece una idea central de este artículo: El mapa erótico no viene dado, sino que se construye a lo largo de la vida.

¿Por qué me erotiza lo que me erotiza?
En consultas de terapia sexual es muy frecuente que aparezcan preguntas en torno al erotismo: ¿Por qué me gusta esto?, ¿por qué me erotiza algo que no entiendo?, ¿de dónde viene esto que me pasa?, ¿es normal? Detrás de estas preguntas suele haber confusión, pero también inquietud, curiosidad y, muchas veces, cierta cuota de preocupación o vergüenza.
Una forma breve de responder es que lo que erotiza a una persona es el resultado de su historia. No de un solo momento, ni de una causa puntual, sino de un entramado de experiencias, aprendizajes y significados que se han ido organizando a lo largo del tiempo.
Podríamos pensar en el mapa erótico como un registro interno que se activa frente a ciertos estímulos, tanto externos como internos. Ese mapa no viene dado de antemano, sino que se va construyendo progresivamente, a partir de múltiples dimensiones que se entrelazan entre sí.
En esa construcción participan las experiencias vividas: encuentros significativos, descubrimientos, primeras asociaciones de placer o excitación que dejan huella. También tiene un rol importante la imaginación, con sus fantasías, escenas internas y guiones que, muchas veces sin darnos cuenta, se repiten y se van consolidando.
A esto se suma la influencia de la cultura, que propone ciertos ideales de atractivo, roles de género y narrativas sobre el poder, el éxito o lo deseable. Los medios de comunicación y contenidos multimedia (como el cine, la música, las redes sociales e incluso la pornografía) también tienen un impacto relevante, al modelar imágenes, dinámicas y cuerpos que pueden ir configurando lo que se percibe como erótico.
Al mismo tiempo, las vivencias personales aportan un contexto fundamental: la historia vincular, las experiencias de pertenencia o exclusión, la identidad, el entorno social en el que se ha crecido. Todo esto va dejando marcas que, directa o indirectamente, influyen en lo que posteriormente puede resultar excitante o significativo.
Y, sin embargo, incluso considerando todos estos factores, hay algo del erotismo que muchas personas describen como inesperado. Ciertas atracciones pueden “aparecer” sin haber sido buscadas, sin una explicación evidente o sin una intención consciente detrás.
En este punto, también es importante nombrar otro fenómeno que aparece con frecuencia en consulta: la pregunta por el rol que pueden haber tenido experiencias de abuso, coerción o violencia (sexual o no sexual) en la construcción del erotismo. Este es un tema muy complejo, que no tiene una respuesta única. En algunos casos, estas experiencias pueden influir en lo que erotiza; en otros, no de forma directa o evidente. Mucho depende de cómo cada persona ha ido significando su historia, y aquí el trabajo terapéutico puede ser clave para elaborar, comprender y resignificar esas vivencias. Cuando hay experiencias de daño, lo central es poder abordarlas y procesarlas, y desde ahí (y si así se desea) explorar el erotismo desde lugares más seguros, conscientes y cuidados. Sin embargo, este es un campo amplio y delicado, que requiere ser abordado con tiempo y profundidad.
Todo esto nos lleva a plantear uno de los grandes desafíos de la exploración del erotismo personal: no se construye de manera completamente voluntaria ni totalmente predecible. Más bien, emerge como una mezcla entre lo que se ha ido nutriendo a lo largo de la vida y aquello que, en determinados momentos, logra resonar con aspectos más profundos de la experiencia personal.

Cuando lo prohibido erotiza
Un fenómeno que aparece con mucha frecuencia en consulta (y que suele generar confusión, inquietud o incluso culpa) es la atracción por lo prohibido, lo transgresor o aquello que rompe con lo cotidiano.
Muchas personas se preguntan por qué algo que “no debería” resultarles atractivo termina siendo justamente lo que más activa su deseo. Y aquí hay algo importante de entender: el deseo no se enciende solo con lo seguro, lo conocido o lo completamente disponible. Muchas veces necesita algo más, incluso un poco de tensión. Algo que no esté del todo dado. Algo que genere expectativa, curiosidad o incluso cierta incomodidad.
En ese sentido, lo prohibido o lo transgresor puede resultar especialmente erótico porque introduce ese “algo extra”. Es aquello que se siente distinto, fuera de lo habitual, fuera de lo que uno haría en el día a día o incluso fuera de lo que uno cree que “debería” gustarle. Y eso puede intensificar el deseo. No necesariamente por la situación en sí, sino por lo que despierta: la sensación de estar saliendo de lo conocido, de romper una regla, de explorar algo nuevo, de conectar con una parte distinta de uno mismo.
Esto puede expresarse de múltiples formas. A veces aparece en la atracción por personas que están fuera del propio mundo habitual. Otras veces se vincula a dinámicas de poder con quienes estamos, roles marcados o escenarios que rompen con normas sociales o personales. En muchos casos, lo erótico no está tanto en la situación concreta, sino en el significado que adquiere para quien la vive.
En este contexto, el mundo de las fantasías cobra un lugar central. Aquello que ocurre en la imaginación (pensamientos, escenas internas, ideas recurrentes) puede ser enormemente diverso. Hay fantasías que resultan coherentes con la propia vida cotidiana, pero también pueden aparecer otras más inesperadas, poco comunes o incluso contradictorias con los propios valores.
Y esto muchas veces genera incomodidad. No es raro que aparezcan preguntas como “¿Por qué me excita esto si no va con mi identidad o lo que quiero construir?”, “¿Qué dice esto de mí?”. Estas tensiones suelen estar acompañadas de culpa, vergüenza o temor al juicio. Sin embargo, desde una mirada sexológica integradora, es importante comprender que las fantasías constituyen un espacio interno válido de exploración. No todo lo que aparece en la mente necesita (ni debe) llevarse a la realidad. La mente erótica es simbólica, creativa y compleja, y puede alojar contenidos muy diversos sin que eso implique un problema en sí mismo.
Por eso, más que centrarse en juzgar el contenido del deseo, resulta más útil observar cómo se vive. En qué condiciones aparece, qué lugar ocupa en la vida, qué efectos tiene en el bienestar.
A esto se suma algo que también vemos en la consulta sexológica: a veces, sin darnos cuenta, vamos reforzando repetidamente ciertos estímulos, prácticas o fantasías que nos generan alta activación o placer. Con el tiempo, esto puede ir consolidando patrones cada vez más específicos, donde el deseo se vuelve más dependiente de ciertas condiciones para activarse. Es como si el mapa erótico se fuera estrechando, priorizando caminos más rápidos o intensos, y dejando de lado otras formas de conexión más amplias o graduales. En algunos casos, esto puede sentirse como una pérdida de control o como una dificultad para disfrutar otras experiencias eróticas.
Desde una mirada del aprendizaje del deseo, esto también puede entenderse como un proceso donde ciertos circuitos de recompensa se van reforzando con la repetición, lo que puede ir reduciendo la plasticidad del deseo. No es algo “malo” en sí mismo, pero sí puede volverse limitante cuando disminuye la flexibilidad y la capacidad de responder a distintos estímulos. En ese sentido, parte del trabajo terapéutico puede implicar justamente recuperar esa plasticidad: abrir el mapa, diversificar experiencias, desacelerar los ritmos y reconectar con formas más amplias de placer y vínculo. En algunos contextos (como cuando se incorporan sustancias/drogas para intensificar la experiencia, por ejemplo en prácticas como el chemsex) estos procesos pueden complejizarse aún más, por lo que requieren mayor cuidado, acompañamiento y, muchas veces, estrategias de reducción de daños.
Entonces, lo fundamental aquí es prestar atención cuando el deseo se asocia a situaciones de riesgo o daño (hacia uno mismo o hacia otros), cuando no hay condiciones de consentimiento o seguridad, cuando aparece dificultad para regular impulsos, o cuando el repertorio erótico se vuelve rígido, limitándose a una única forma de excitación. También cuando genera malestar significativo o interfiere en la vida cotidiana.
En ese sentido, el problema no es la diversidad del erotismo. El problema aparece cuando deja de ser una experiencia vivida desde la libertad, la seguridad, el consentimiento y la posibilidad de regulación. Es decir, no se trata tanto de qué te gusta, sino de cómo vives eso que te gusta. Y es justamente desde ahí donde muchas personas comienzan a preguntarse si lo que les erotiza es “normal” o no.
Fetiches, kinks y diversidad erótica
Muchas personas se preguntan si lo que les gusta es “normal”. Y frente a esa inquietud, un elemento que suele ayudar es ampliar la mirada.
Sucede que es bastante común que aparezcan intereses eróticos que se alejan de lo tradicional o de lo que culturalmente se ha instalado como “lo esperado”: Por ejemplo, una sexualidad centrada casi exclusivamente en la penetración (coitocéntrica), el foco en los genitales (genitocéntrica), o en ciertos modelos de relación como la heterosexualidad (heteronormativa). Sin embargo, el erotismo humano es mucho más amplio que eso.
A muchas personas les erotizan otras partes del cuerpo, ciertos objetos, vestuarios, roles, dinámicas, contextos o prácticas específicas. Este tipo de intereses suelen agruparse bajo términos como fetiches o kinks, que en términos simples refieren a prácticas e intereses sexuales que se salen de lo más convencional.
Como contraste, a veces se utiliza el término “sexo vainilla” para referirse a prácticas más tradicionales o socialmente aceptadas. Esto no es ni mejor ni peor: es simplemente una forma más de vivir la sexualidad. Para algunas personas puede resultar más cómodo, ya que implica menos exposición al juicio o cuestionamiento. Para otras, puede sentirse como limitación frente a la diversidad de posibilidades que existen. Más allá de eso, lo importante no es forzarse a estar en una categoría, sino que cada persona pueda sentirse en coherencia y bienestar con su forma de vivir el erotismo.
Desde la perspectiva sexológica que proponemos como ETSex, los intereses que se alejan de lo tradicional no tienen por qué ser problemáticos. Lo relevante no es el tipo de erotismo, sino las condiciones en las que se lleva a cabo.
En este punto, resulta interesante mirar lo que han desarrollado comunidades que exploran y viven prácticas no convencionales, como el BDSMK (que hace referencia a bondage, dominación y sumisión, sadismo y masoquismo, y los kinks). Lejos de lo que muchas veces se piensa, estas comunidades han elaborado marcos muy claros para sostener experiencias seguras y cuidadas.
Uno de los principios más conocidos es el SSC: seguridad, sensatez y consentimiento. En definiciones simples:
- Seguridad implica tomar medidas para reducir riesgos físicos y emocionales, informarse y cuidar la integridad de todas las personas involucradas.
- Sensatez (a veces también planteado como lo que es Sano) se refiere a actuar con criterio, conciencia y responsabilidad, evaluando límites, condiciones y consecuencias.
- Consentimiento implica que todas las prácticas son acordadas explícitamente, desde la voluntad, sin presión y con la posibilidad de detenerse en cualquier momento, siendo una clave la comunicación y el respeto.
Estos principios no son exclusivos del BDSMK. En realidad, ofrecen un marco muy útil para pensar cualquier práctica sexual o erótica. Desde esta mirada, el foco no está en restringir el deseo, sino en aprender a habitarlo de manera consciente, segura y respetuosa.
Al hablar de estos temas suele aparecer otra pregunta: ¿Dónde entran las “parafilias” en todo esto?
El concepto de parafilia ha sido históricamente muy discutido y no existe un acuerdo único. En términos generales, se ha utilizado para referirse a intereses o patrones de excitación sexual intensos y persistentes que se alejan de lo convencional, que se convierten en un problema y que se observan como una patología. Sin embargo, hoy hacemos una distinción importante: No toda forma de erotismo no tradicional es una parafilia.
Desde una mirada más actualizada, proponemos la diferenciación entre la diversidad erótica (que incluye fetiches, kinks y múltiples formas de exploración no convencionales, vividas de manera libre, segura y consensuada) y aquellas formas de deseo que pueden volverse problemáticas.
Entonces ¿En qué casos podría hablarse de algo más cercano a una parafilia en un sentido clínico? En algunas situaciones cuando el deseo se vuelve rígido, cuando hay dificultad para regular impulsos, y/o cuando las prácticas implican riesgo de daño, ausencia de consentimiento o vulneración de otros.
En ese sentido, más que centrarse en la etiqueta, lo relevante es observar cómo se vive ese deseo en la práctica: su impacto, su nivel de flexibilidad, las condiciones de consentimiento y seguridad, y el grado de bienestar o malestar que genera. El foco no está en clasificar o patologizar de entrada, sino en comprender y acompañar, distinguiendo cuándo estamos frente a una expresión saludable de la diversidad erótica y cuándo podría ser necesario un abordaje más cuidadoso.
En medio de esta diversidad, los Derechos Sexuales funcionan como una brújula fundamental para orientar el ejercicio del erotismo. Estos derechos ponen en el centro la dignidad, la autonomía, la integridad y el bienestar, y establecen condiciones mínimas para cualquier práctica sexual: que sea libre de coerción, informada, segura y, sobre todo, consensuada entre personas con capacidad de consentir. Esto permite diferenciar con claridad entre la diversidad erótica y aquellas situaciones donde no puede existir consentimiento (como en el caso de niños, animales u otras formas de vulneración), donde no estamos frente a una expresión legítima del erotismo, sino ante situaciones de daño que deben ser prevenidas y abordadas. En este sentido, los Derechos Sexuales no buscan limitar el deseo, sino ofrecer un marco para vivirlo de forma responsable, ética y cuidadosa con uno mismo y con otros.
Lo que nos llega a la consulta sexológica y a nuestros espacios de formación
A lo largo de los años vemos que se repiten ciertos relatos con mucha más frecuencia de la que se suele pensar: Personas que sienten vergüenza por lo que les erotiza, personas que viven con la sensación de que “algo está mal” en ellas, personas que no logran entender por qué les atrae cierto tipo de cuerpo, dinámica o situación. Otras que descubren que solo logran excitarse bajo condiciones muy específicas, y que eso les genera preocupación o frustración. Y también quienes sienten curiosidad por explorar su erotismo, pero se encuentran limitadas por la culpa, la religión o distintos mandatos sociales. La verdad es que no se trata de casos aislados. Es una experiencia bastante transversal.
Algo que nos ha llamado especialmente la atención es que esto no solo aparece en espacios clínicos. Incluso en el Diplomado en Sexualidad Integral que hemos desarrollado como ETSex (donde participan personas con interés explícito en estos temas), emerge una dificultad que parece simple, pero no lo es tanto: responder a la pregunta “¿Qué me erotiza?”. Y ahí suele aparecer el silencio, la duda o respuestas poco conectadas con la propia experiencia. De hecho muchas veces nos han dicho “Nunca me había hecho esta pregunta”. Esto nos habla de algo más profundo: muchas personas no han tenido espacios seguros, validados y sin juicio para hacerse esa pregunta con tranquilidad. Pero el invitar a explorar esta respuesta abre la posibilidad de llenar ese vacío.
En ese contexto, se vuelve evidente el rol que tienen la cultura, la culpa y las normas en la forma en que cada persona vive su erotismo. Porque el deseo no se desarrolla de la nada. Está atravesado por normas sociales, discursos religiosos, modelos de género, estándares de belleza y una serie de mensajes (explícitos e implícitos) sobre lo que “debería” gustar y lo que no.
Con el tiempo, estos mensajes no solo informan, sino que también condicionan. Van moldeando la relación que cada persona establece con su propio deseo. Por eso, muchas veces, lo que limita la exploración erótica no es el deseo en sí, sino la forma en que se vive internamente: la culpa, la vergüenza, el miedo al juicio o el temor a salirse de lo esperado.

¿Por dónde podemos partir? Nuestra invitación
Conocerse eróticamente no implica cambiar lo que aparece, sino comenzar por lo más simple: auto-observarse, validarse y darse sentido. Y, si nos sentimos cómodos, explorar: ampliar el repertorio, flexibilizar, integrar nuevas posibilidades. Desde la curiosidad, no desde la exigencia o la idea de que “hay que ser de cierta forma”.
En ETSex trabajamos desde un enfoque de sexualidad positiva (sexpositive) y despatologizante, que reconoce la diversidad del erotismo humano como parte de la experiencia. Pero esto no significa ausencia de criterios. Nos guiamos por principios fundamentales de salud sexual y Derechos Sexuales, que ponen en el centro el bienestar, el consentimiento, la seguridad y el respeto.
Nuestro objetivo es acompañar a las personas a habitar su erotismo y deseo de forma más consciente, segura y coherente con su vida. Y en ese proceso, el rol clínico, sexológico y educativo puede ser clave.
No negamos que explorar el erotismo puede incomodar. Muchas veces aparece la vergüenza, el miedo, contradicciones o historias marcadas por el juicio y el dolor, y también la duda «¿Por qué me erotiza lo que me erotiza?». La verdad es que no siempre podremos descubrir el origen, por lo complejo que es proceso de construcción de la sexualidad de cada persona. Pero justamente ahí también puede abrirse una posibilidad importante: el erotismo puede explorarse e incluso reconstruirse en un vínculo terapéutico. Puede legitimarse, ampliarse y encontrar nuevos sentidos cuando hay espacio para mirarlo con mayor comprensión y cuidado.
Si sientes que te gustaría explorar estos temas con acompañamiento, puedes conocer más sobre nuestro trabajo y agendar una sesión con el equipo en: https://www.etsex.cl/terapia-sexual/ ¡La verdad es que nos gusta mucho acompañar estos procesos!
Y para cerrar, una idea que te puede servir como punto de partida: explorar lo que te erotiza puede ser una puerta de entrada a tu historia, a tus emociones, a tus vínculos, a tus límites y a tus posibilidades. Es explorar con responsabilidad y cuidado, no buscando encajar en una norma. Porque el erotismo consciente puede transformarse en una fuente de placer y al mismo tiempo en una gran oportunidad de integración identitaria.


